Mirador-Siera-Gelada

La cara B de Benidorm, la más natural y de playas solitarias

Más allá de la popular playa de Levante, donde los rascacielos y el aire «kitsch» de la ciudad se diseminan, Benidorm tiene también su lado más natural y relajado, el de su Parque Marítimo-Terrestre de Sierra Helada, donde las montañas se funden con el Mediterráneo.

by ELENA ORTEGA

Con más de 5600 hectáreas, de las cuales 4920 son marinas, el Parque Natural de Sierra Helada –en valenciano, Serra Gelada– es, curiosamente, el más visitado de la región y uno de los más frecuentados en España. Un abrupto relieve de eolianitas, fallas, dunas fosilizadas y cuevas que se alza entre los municipios alicantinos de Benidorm y Alfaz del Pi, esbozando picos de más de 300 metros de altura.

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Los pinos, higueras y la lavanda salvaje aportan las escasas tonalidades verdosas a la sierra, mientras que sus vertiginosos acantilados regalan vistas de infarto sobre una de las ciudades más instagrameables de Europa. A sus pies, las calas de Almadraba y Tío Ximo son auténticos paraísos naturales, y, más al norte, la isla Mitjana vigila impasible los semidesnudos senderos de la Serra Gelada.

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Para recorrer este espacio protegido podemos optar por rutas de diferentes niveles a pie, en bicicleta o incluso en kayak, porque aquí es fácil combinar mar y montaña.

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SIERRA HELADA A PIE

Uno de los senderos más completos es el que lo atraviesa de un extremo a otro en ocho kilómetros. Se trata de la Travesía Serra Gelada. Un camino de dificultad exigente, que ofrece, desde el Rincón de Loix hasta la punta de Albir, fantásticas panorámicas de 360 grados, con el mar a un lado y las montañas al otro. Entre las cumbres, el Alto del Gobernador, de 480 metros, marca el punto más alto.

El faro de Albir, inaugurado en 1863 para guiar a los barcos de la bahía de Altea, indica el final de la senda y hoy acoge un centro de interpretación. En las inmediaciones se encuentra la centenaria torre de vigía Bombarda.

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Otros itinerarios, empinados y asfaltados, son los de Punta del Cavall (2 kilómetros), y el que asciende hasta la Cruz de Benidorm (5 kilómetros). El final del primero lo señala la torre de Caletes, otra de las torres defensivas mandadas construir por Felipe II para evitar los ataques de piratas berberiscos entre los siglos XVI y XVIII. En el segundo, más que apreciar el trayecto, de lo que disfrutaremos será de las famosas vistas de los edificios de Benidorm, especialmente impresionantes a la caída del sol. Desde la cruz, en días despejados podemos incluso distinguir Alicante y Santa Pola.

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Para realizar estas dos últimas rutas es aconsejable hacerse con una bicicleta eléctrica que facilite el recorrido entre las empinadas cuestas de la sierra, como las que ofrece la empresa Tao (taobike.es), a tan solo unas calles del acceso al parque.

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DESDE EL MAR

La mejor recompensa para rematar la excursión son sus dos calas escondidas entre el entorno rocoso. En la de la Almadrava, 60 metros de fina arena, en otro tiempo se practicaba esta pesca tradicional. La del Tío Ximo, a continuación, es más pequeña y de cantos rodados y arena. Bajo sus aguas transparentes y tranquilas, ambas combinan tramos de rocas con praderas de posidonia, lo que las hace ideales para el snorkel y el buceo. Además de poder nadar entre anémonas, pececillos de colores, crustáceos y algún pulpo, también es posible avistar delfines mulares a lo lejos.

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Para disfrutar desde el mar de las maravillas menos accesibles del parque, lo mejor será alquilar un kayak o una moto de agua. De esta forma podremos descubrir rincones como la Cueva del Barbero, en la que bañarnos cuando la marea está baja, o la cala de la Mina, conocida así por las minas de ocre situadas justo detrás y que fueron explotadas desde tiempos de los fenicios. Cuando no queden más recovecos por descubrir, el Mediterráneo de turquesas cambiantes nos espera para acunarnos frente a ese skyline costero que nunca deja de sorprendernos.

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