Sociedad

Alejandro y Teresa vuelven a casa… ¡para casarse!

Los dos son de Salinas, Asturias, pero se encuentran viviendo en La Coruña por motivos de trabajo

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La pareja, entre las rocas de la playa que les vió crecer. 

© Días de vino y rosas

Teresa y Alejandro se conocen de toda la vida, los dos son de Salinas, Asturias, y estudiaron en el mismo colegio. Pero cuenta Alejandro que hasta hace dos años no se conocieron, se empezaron a mensajear y saltó la chispa. Al principio de la relación, ella estaba trabajando en La Coruña en una conocida empresa textil, a la que más tarde él también se incorporó.

Tras seis meses viviendo en La Coruña, en un viaje a Formigal, frente a un precioso paisaje invernal, Alejandro le pidió la mano a Teresa y cuenta que ella no se lo esperaba, pero que no se pensó ni un segundo la respuesta.

Y por fin, llegó el día de la boda, para ello volvieron al pueblo que les vio crecer. Tenían claro que se querían casar en Salinas y escogieron la iglesia Nuestra Señora del Carmen en la que don Andrés, el sacerdote amigo de la familia, ofició la ceremonia. Los novios recuerdan la entrada de Teresa en el templo como uno de los momentos más emotivos para ambos. Seguro que, en parte, el vestido de novia, confeccionado por Silvia Cupeiro, ayudó a Teresa a estar radiante. “Es maravillosa, diseñamos juntas el vestido, tenía las ideas claras y un millón de fotos: quería algo ‘de novia’ para la iglesia y un vestido ‘sexy’ con el que encontrarme bien para la fiesta, y de esto surgió el dos piezas”, cuenta Teresa.

Tras la ceremonia todos se trasladaron al Real Balneario, un restaurante con vistas a la playa donde crecieron. Degustaron un menú elaborado por un cocinero amigo de la familia con estrella Michelin. Más tarde, llegó el momento de abrir el baile y lo que los novios creían que iba a ser un caos, dio paso a la magia: “no sabemos bailar, lo máximo que hicimos fue la noche anterior intentar ensayar con la canción de Ed Sheeran ‘Thinking out loud’ -la elegida-. Pero cuando llegó el momento, nos abrazamos y nos evadimos de las 200 personas que nos estaban mirando y no nos debió salir tan mal cuando dicen que parecía que bailábamos bien y todo”, recuerda la pareja.

Ambos califican el día de su boda como ‘divertidísimo’, pero en especial recuerdan cuando subieron al coche de novios. Le habían atado unas latas para que hicieran ruido al desplazarse y les hizo pensar que, como era un coche antiguo, se había roto en ese instante.

En definitiva, una boda en la que hubo espacio para todo: emoción, diversión y romanticismo.

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