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Esto es lo que NO debes hacer si quieres perder el peso ganado en Navidad

Recopilamos algunas de las pautas (erróneas) a las que debes renunciar a la hora de reducir centímetros. Toma nota porque… ¡quizá te sorprenda más de una!

by Iraide Almudí

Por muchos estudios y estadísticas que nos hablen en estas fechas del aumento de peso medio que la Navidad ‘nos regala’, como si de un Santa Claus perverso se tratara, los nutricionistas (serios) lo tienen claro: en realidad cuatro o cinco comidas ‘excesivas’ no deberían tener una repercusión significativa en la báscula. Lo que ocurre es que, muchas veces, esas cuatro o cinco comidas se convierten en un descontrol alimenticio que dura casi un mes (lo excepcional se hace ordinario) y, además, en ocasiones llueve sobre mojado: a unos ya de por sí malos hábitos de alimentación cotidianos, se les suma la Navidad, acentuando más si cabe sus consecuencias negativas para la línea y, por encima de todo, para la salud.

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‘De acuerdo, pero, sea como sea, yo estas semanas he cogido unos kilos y quiero deshacerme de ellos’. Si te identificas con esta realidad es importante que en tu empeño por reducir centímetros tengas claras algunas pautas erróneas (y muy comunes) a las que deberás renunciar para conseguir tus objetivos, por muy tentadoras que a veces suenen… Estas son algunas de las cosas a las que deberás decir NO:

-A hacer dieta, entendida como algo que dura un período limitado. Subir y bajar peso constantemente no es en absoluto aconsejable para el buen funcionamiento del organismo. Así que, menos dietas temporales y más aprender a llevar unos hábitos saludables de alimentación duraderos en el tiempo. Lo importante no es lo que peses en dos semanas, sino lo que peses en dos años.

-A las dietas milagro. Sabemos de sobra cómo identificarlas: prometen rápidas bajadas de peso sin esfuerzo; incluyen la venta de productos (carísimos, normalmente); basan su éxito en el consumo de tal o cual alimento… Recuerda esta regla: si suena demasiado bonito o fácil, probablemente será mentira. Por no hablar, además, del efecto rebote que provocan: una vez terminada la dieta se volverá rápidamente al mismo peso o, con frecuencia, a un peso mayor.

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-A reclamos como ‘detox’, ‘depurativo’… Muchos productos llevan este ‘apellido’ a modo de gancho publicitario. Pero solo es eso: marketing. Ya sean batidos, tés, zumos, infusiones… da igual. No hay ningún producto que ayude a ‘detoxificar’ el organismo (de hecho, el concepto de depurarse “no se sostiene científicamente”, tal y como explica el prestigioso nutricionista Julio Basulto, en uno de sus artículos). Para esto tenemos el riñón y el hígado. Son ellos los que nos ayudarán a liberar del organismo posibles elementos tóxicos.

-A los superalimentos como fuente ‘milagrosa y sanadora'. Cúrcuma, chía, kale… No existe ningún alimento al que podamos atribuir propiedades curativas. No es que este tipo de alimentos no sean sanos, pero pueden serlo igual que unas zanahorias o unos garbanzos. ¿Qué ocurre? Que estos últimos no venden tanto. "De hecho, muchos de estos supuestos superalimentos son en realidad alimentos que han estado presentes siempre a los que se les asigna un nombre 'raro', unas propiedades milagrosas falsas... ¡y ya se pueden vender 'a millón'! Por ejemplo, el kale, no es más que la col rizada de toda la vida”, nos contaba en una entrevista hace unos meses la nutricionista Eva Gosenje.

-Al autodiagnóstico y las dietas prestadas. También nos contaba Gosenje que las dietas deben ser personalizas. “Lo que para unos puede ser un error, para otros puede funcionar”, de modo que, en la medida de lo posible hay que intentar acudir a un diestista-nutricionista colegiado (dado el intrusismo, es fundamental asegurarse de que se trata de un profesional ‘de verdad') y huir de dietas prestadas: la que he visto en la tele, la que hizo mi amiga el año pasado, etc.

-A los zumos en sustitución de la fruta o verdura. Incluso si son zumos naturales, siempre es preferible tomar la fruta entera. Una de las razones principales es que nos sacian mucho más. Pero no es la única. Y es que como explica muy bien el nutricionista Juan Revenga en una entrada de su blog, un zumo no equivale a una de las 5 raciones de frutas y verduras recomendadas.

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-A los desayunos supuestamente saludables que, en realidad, no lo son. Café con leche desnatada, endulzado con miel, acompañado de zumo, y pan con pavo o jamón York. ¿Dirías que esto es saludable? Si la respuesta es sí, te conviene echar un ojo a este vídeo de otra de las voces más autorizadas en el mundo de la nutrición en España: Aitor Sánchez, autor del exitoso libro (y blog) ‘Mi dieta cojea’.

-A comprar sin leer bien las etiquetas de los productos. En el frontal del paquete pone ‘Integral’ en letras enormes. Sin embargo, leyendo con más detenimiento los ingredientes observamos que el porcentaje real de harina 100% integral es realmente pequeño. ¿Por qué? La ley lo permite. Un ejemplo que se puede extrapolar a infinidad de alimentos: desde aquellos que, siendo industriales, se presentan en la etiqueta como ‘artesanos’ e incluyen grandes cantidades de azúcar, hasta aquellos que, siendo supuestamente fitness (caso de muchos cereales, o de snacks como las tortitas de arroz) contienen también importantes porcentajes de grasa, azúcares y/o sal. Por eso, es fundamental no dejarse engañar por los reclamos y dedicar un poco más de tiempo a leer bien lo que realmente estamos comprando.

-A ‘demonizar’ ciertas frutas frente a otras. Fruta siempre: cualquier fruta (sí, plátano, uvas e higos, también), y a cualquier hora. Deja de pensar cuál engorda más o a qué hora del día es mejor comerla. Apuesta por la fruta, y priorízala siempre en tu dieta (al igual que las verduras y legumbres) frente a otras opciones no saludables.

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-A rechazar ciertos alimentos por su elevado contenido calórico. Desterrar de la dieta productos como los frutos secos, el aguacate o el aceite de oliva por su cantidad de calorías es una pésima idea. Por supuesto, eso no quiere decir que debas consumirlos ‘sin control'. Pero su inclusión en nuestros menús es recomendable dada la alta calidad de las grasas insaturadas que nos aportan. Un aporte nutricional mucho mejor que, por ejemplo, cualquier refresco light, por muy pocas calorías que éste tenga.

-A no hacer ejercicio. Sí, un clásico que no podía faltar en esta lista, y que no por manido es menos eficaz. ¿Quieres bajar peso? Solo hay una fórmula: lleva unos hábitos saludables de alimentación y… ¡ponte en marcha!

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